Pornografía: Reflexión
Antes de empezar a analizar la pornografía, es necesario conocer sus orígenes.
En la historia de la humanidad son diversas las manifestaciones sobre cuerpos desnudos en posiciones que sugieren actividades sexuales explícitas en diferentes formatos: pintura, escultura, espectáculos, dibujos, fotografías, audios, vídeos, etc. La finalidad de estas manifestaciones dependen del contexto cultural y social; del momento histórico en el que nos encontrásemos, pudiendo tener fines eróticos, religiosos, artísticos, científicos y pornográficos. La manera de interpretarlas permitía conocer la concepción del cuerpo y sexualidad que tenía el sistema social e histórico en cuestión, revelando múltiples aspectos de la sociedad como la política, socialización, ideología imperante, etc.
Si atendemos a la etiología de la palabra, pornografía procede del griego graphikós (“escritura” o “dibujo”) y porné (“ramera”) (Marzano, 2006). No obstante, este término no existió formalmente hasta el novelista francés Nicholas Edmé Restif de la Brétonne quien lo emplea para elaborar una propuesta de reforma sobre la prostitución. Sin embargo, el término no llegó a popularizarse hasta la llegada del diccionario médico inglés de 1857 donde define pornografía como “descripción de la prostituta” y la prostitución como “materia de higiene pública” (Yehya, 2004).
A pesar de su origen ligado a la prostitución, actualmente ha perdido este sentido de “tratado sobre la prostitución” para referirse a este como “representación de cosas obscenas”. Altman define la pornografía como el hecho de plasmar o manifestar un acto sexual explícito a través de medios gráficos, el cual involucra una relación de consumo y un acto, la mayoría de las veces comercial, que impone una visión estereotipada y codificada del acto sexual. Según Mayer, la pornografía puede definirse como conjunto de materiales audiovisuales donde se representan actos sexuales de forma explícita con el fin de provocar respuestas sexuales y de excitación en sus espectadores o a las personas que lo consumen.
La pornografia engloba un único objetivo: conducir por sí misma la generación de una reacción de excitación sexual y posible respuesta sexual o placentera autosuficiente, y que puede llegar a ser un accesorio para las relaciones sexuales (Yehia, 2006).
Una vez que ya conocemos algo de su historia, es importante precisar que no existe un único tipo de pornografía. En concreto, podemos distinguir 3 tipos de pornografía:
- Softcore: expresión gráfica del cuerpo que integra desnudos parciales del cuerpo femenino y masculino, pero no incluye primeros planos de los genitales ni de prácticas sexuales, las cuales siempre aparecen encubiertas, difuminadas y en la oscuridad, sugiriendo una escena sexual, pero sin enmarcarla explícitamente. Como ejemplo tenemos algunos tipos de hentai.
- Mediumcore: expresión gráfica del cuerpo que integra desnudos totales y primeros planos de los genitales, pero no prácticas sexuales explícitas. Como ejemplos tenemos algunas revistas como Playboy y películas de carácter erótico.
- Hardcore: expresión gráfica del cuerpo basado en la demostración de un acto sexual explícito de cualquier tipo (integra un amplio conjunto de subgéneros dados por características físicas, edad, sexo, fetiches, preferencias sexuales y otras expresiones de la conducta sexual, como amateur, profesional, etc).
Esta tipología actualmente carece de sentido debido a que los dos primeros tipos de pornografía están integrados en la televisión pública abierta sin la concepción de pornografía debido a que su objetivo no es la búsqueda de una respuesta sexual, sino llamar la atención debido al interés que despierta lo sexualizado (y más en una sociedad hipersexualizada). Esto hace que quede relegado el último género como exclusivamente pornografía.
En la industria pornográfica encontramos otras clasificaciones más enfocadas en aspectos normativos y legislativos, enfocándose en las regulaciones para su producción, comercialización y consumo. Esta clasificación permite dar información al consumidor del producto que va a consumir, y contendría las siguientes etiquetas: “NC17” (Unión Americana) o “C” (México) que sería pornografía para adultos, “X” sexo explícito, “XXX” hardcore y “XXXXX” sexo extremo. Es importante mencionar que teóricamente toda mercancía derivada de delitos, abusos, trata y explotación sexual de niños, niñas, adolescentes y mujeres queda descartada de la industria pornográfica.
Actualmente han aparecido nuevas prácticas entre niños y adolescentes a través de internet que pueden considerarse como prácticas de carácter pornográfico conocidas como Sexting donde el joven sube a una red social una fotografía o vídeo realizando un desnudo parcial o total y posiciones o encuentros sexuales explícitos para enviárselo por mensaje a un destinatario. Este sexting entre adolescentes y jóvenes no es identificable como material comercial pornográfico preteen o teen de la industria, donde modelos mayores de edad “representan edades menores”.
Pero ahora bien, ¿qué ocurre con la industria pornográfica y el consumo de la pornografía?
La industria del sexo ocupa uno de los primeros puestos en búsquedas, siendo una de las áreas temáticas con más beneficios económicos del ciberespacio. Una vez más, el sexo ocupa un lugar importante, en este caso en internet: buscadores, páginas, chats eróticos, etc. Además, no sólo los adultos tienen acceso a este tipo de lugares: cada vez son más los portales de acceso público y gratuito donde cualquier persona, incluidos niños y adolescentes, pueden entrar y encontrar cualquier tipo de contenido. Esto hace que los adolescentes, además de poder estar expuestos a adultos con objetivos poco éticos que puedan aprovecharse de su desconocimiento y curiosidad, tengan acceso a una gran cantidad de contenidos para los cuales no tienen la formación o conocimientos necesarios para interpretarlos correctamente, provocando que tengan lugar aprendizajes contrarios a la realidad o les lleguen mensajes inapropiados.
Según la EGM (Encuesta General de Medios) de abril/mayo de 2003, el 37% de usuarios de internet tienen una edad comprendida entre 14 y 24 años, un periodo de vida crucial para la maduración afectiva, sexual y social que da paso a la etapa adulta. Sin embargo, en la actualidad ya podemos apreciar como la edad de inicio es más temprana, alcanzando tranquilamente los 10 años en muchos casos. Esto significa que los niños ya pueden tener acceso a cualquier tipo de contenido con tan sólo 10 años, sin tener ninguna garantía de protección ante tal choque de información.
En España se han realizado diversos estudios para investigar a qué edad los adolescentes comenzaban sus conductas sexuales. El estudio de Hidalgo et. al. marca como edad de inicio los 15,4 años en chicos y 16,1 en chicas. Sin embargo, el estudio de Moreno et al. refleja que los chicos comienzan con 15,33 años mientras que las chicas con 15,52 años. Otro estudio, el de Teva et al. fija la edad de inicio en 14,8 y 15 años en chicos y chicas respectivamente.
Si contrastamos esta información, podemos observar que la diferencia entre la edad de inicio de conductas sexuales y la disponibilidad de contenidos sexuales en internet es de 4 años aproximadamente, es decir, los adolescentes comienzan a poder visualizar contenidos sexuales en la red 4 años antes de realizar sus primeros actos sexuales. Esto significa que el impacto que pueden tener los contenidos visualizables en internet puede ser devastador en la vida sexual temprana de los jóvenes.
Ahora que ya hemos contextualizado un poco, podemos ya a empezar a analizar la pornografía y su repercusión.
Tokumura junto con otros autores anteriores como Klepoins afirma que la pornografía no es un problema moral, sino que se ha convertido en un agente patógeno, puesto que su consumo es habitual. Autores como Azar empiezan a considerar la pornografía como la droga del siglo XXI: los adolescentes empiezan consumiendo pornografía softcore (publicidad), continúan con el mediumcore (cine) y finalmente acaban con la pornografía hardcore. Ballester, Pozo y Orte (2014) afirman que existen diversos niveles de consumo de pornografía en adolescentes: consumo ocasional (1-2 días a la semana), consumo “vicioso” (2 semanas seguidas) y consumo adictivo (todos los días). Estos niveles se dan en los adolescentes progresivamente, evolucionando como si de una adicción se tratase.
La Universidad de San Francisco de Quito realizó en 2017 un estudio donde entrevistaron a jóvenes entre los 18 y 20 años donde les realizaban preguntas en torno a sus experiencias sexuales y la pornografía. La mayoría de los jóvenes afirmaban que sus primeras experiencias sexuales fueron desastrosas por intentar imitar lo que habían visto en las escenas pornográficas y, junto a esto, fueron decepcionantes porque sus parejas sexuales no presentaban las mismas cualidades físicas que las visionadas en la pornografía.
La pornografía distorsiona el concepto de hombre y mujer de los adolescentes, creando una realidad ficticia de hombre con un papel agresivo y mujer con un papel sumiso o de objeto sexual, siendo su fin el de complacer a la pareja masculina (Amaya, 2014). Además, crea unos modelos corporales ficticios que provocan malestar por no presentar el mismo cuerpo que el visionado y decepción al no encontrar una pareja sexual con el físico esperado. En definitiva, el desconocimiento empírico de los adolescentes sobre la sexualidad humana hace que la pornografía cree en ellos imágenes distorsionadas de la sexualidad y humanidad.
Son múltiples los países como Dinamarca, Gran Bretaña y EEUU, entre otros, que quieren conocer los efectos de la pornografía, en concreto su relación con la excitación sexual, actitudes, conductas sexuales, carácter moral y conducta antisocial y delictiva. Estos estudios demostraron que la pornografía tiene diversos efectos: provoca desensibilización o saciedad ante el material pornográfico repetitivo, permiten enriquecer la vida sexual, derivando esto en la aceptación y respeto de la existencia de otros aspectos de la sexualidad humana diferentes a los personales, reducen a la mujer a un mero objeto de placer, reducen la relación sexual a un acto físico ajeno al contexto de una relación, reduce nuestra corporalidad y sexualidad a la genitalidad y crea estereotipos. Como podemos ver, la mayor parte de los efectos de la pornografía son negativos.
La pornografía puede ser considerada una forma de libertad de expresión. Sin embargo, son múltiples los ejemplos donde esta libertad se ve minimizada y, por tanto, perpetúa y transmite una serie de mensajes a los consumidores, mensajes ya presentes en la sociedad:
- Tabú de la menstruación: los tabúes de la menstruación abordan desde el aislamiento femenino y consideración de la sangre menstrual como líquido peligroso y venenoso (Pessi, 2011) hasta la prohibición de relaciones sexuales durante este periodo (Gómez, 2009). En la pornografía, son prácticamente inexistentes el material que contenga prácticas donde la mujer tenga la menstruación, siendo un proceso totalmente natural, común y con ninguna connotación intrínsecamente negativa en la relación sexual.
- Tabú del vello femenino: exceptuando el vello púbico que en ocasiones puede aparecer en determinadas categorías, como la “mature”, el vello corporal nunca está representado. Además, presentan este inexistente vello como algo natural y no planificado, es decir, asumiendo que la persona no tiene vello. La realidad es que las únicas personas que no tienen vello son niños y niñas.
- Tabú del pene flácido: en el contenido pornográfico el pene nunca aparece flácido, estando en todo momento de la relación erecto y donde el hombre debe tener pleno control de su pene. Se entiende la masculinidad como la capacidad para mantener la erección en todo momento y, por tanto, el poder. Esto desemboca en múltiples consecuencias psicológicas de problemas como la eyaculación precoz, retardada o disfunción eréctil. O mismamente, fenómenos normales en términos biológicos que son considerados como negativos y provocan frustración, siendo esta un elemento incapacitante del autocontrol.
Según Benjamin (1988) los hombres construyen su masculinidad en función de sus diferencias hacia las mujeres, por lo que cuanto mayor sea la distancia que les supera, más fácilmente es construida dicha superioridad. La pornografía preserva esta situación, no mostrando mujeres con características consideradas masculinas (pelo corto, con vello, con poco pecho, etc.) ni hombres con características consideradas femeninas.
Hay que tener en cuenta que se establece como “normal” aquello que se ve. Es por esto que la pornografía debería mostrar relaciones sexuales igualitarias, ser representativa de la realidad de la sociedad: diferentes orientaciones sexuales, variedad en roles de dominación y sumisión, diversidad de cuerpos, etc. Sin embargo, la pornografía mainstreaming es heterosexual y dirigida a los hombres, aunque pueda gustar a las mujeres (Lust, 2009). El pene es el protagonista del acto (por eso la importancia en tamaño, duración de la erección y eyaculación), teniendo en segundo lugar el cuerpo de la mujer. Esta afirmación es defendida por diversos autores como Javier Sáez (2003). Una idea de las que apoyan esto es el hecho de que en la mayoría de las escenas pornográficas el rostro del hombre no aparece, permitiendo una mayor capacidad identificativa con el actor por parte del espectador varón. Las posturas siempre son cuidadas para mostrar la mayor virilidad posible y perfección corporal, y en escenas donde participan múltiples personas, si solo hay un hombre, este debe ser capaz de satisfacer las necesidades sexuales de todas las mujeres (y sólo de una forma posible) y, si hay más de uno, estos deben evitar el contacto en todo momento.
Si estudiamos los actores porno más famosos, sus características comunes son el tamaño de su pene (grande) y la capacidad eyaculatoria (mucho), siendo irrelevante el resto. Esto implica que la imagen que la pornografría transmite es la necesidad del hombre de tener un pene grande y eyacular mucho, no siendo necesario ningún aspecto más. En cambio, las actrices porno más famosas tiene características similares en cuanto a su físico: delgadas, culo prieto, pechos grandes (excepto si se busca simular que la mujer sea menor), jóvenes y guapas. Por tanto, se transmite una imagen de que el cuerpo general de la mujer debe tener una serie de características necesarias para poder mantener relaciones sexuales.
En la actualidad es está empezando a producir un tipo de porno que busca luchar contra estos estereotipos conocido como “pornografía hecha por y para mujeres”, siendo su principal objetivo convertir a la mujer en protagonista y no cosificarla ni deshumanizarla. Sin embargo, esto tiene un peligro relacionado con la igualdad: crear esta categoría da a entender que hombres y mujeres tienen gustos diferentes, por lo que requieren de categorías diferentes. Si se crea una pornografía para mujeres, se mantiene la pornografía para hombres, contribuyendo a la deshumanización de la persona, separar emoción y experiencia sexual (Gimeno, 2012) y entender el sexo no con personas sino con partes, ya que se sigue manteniendo el mensaje transmitido a los hombres con su “pornografía para hombres”.
Carlos Eduardo Figari (2008) realiza una serie de análisis acerca de concepciones teóricas sobre la excitación y respuestas sexuales, las cuales pueden ser totalmente aplicables a la pornografía:
- No conseguir determinados niveles de activación fisiológica (como una erección plena), pueden considerarse patológicos. En el caso del porno, como ya hemos mencionado anteriormente, solo se muestran penes erectos y en máxima capacidad. No se observan escenas donde el pene esté flácido y el hombre esté disfrutando (directamente no se muestran penes flácidos). El acto sexual se centra en el orgamo masculino alcanzado por las máximas aptitudes del hombre.
- No se contemplan como excitación una gran diversidad de erotización corporal, viéndose reflejado en la pornografía el énfasis y ensimismamiento en el acto de la penetración.
- La excitación, fuertemente vinculada al coito, no se concibe como un elemento placentero aislado, sino que debe estar seguido de un acto sexual explícito que culmine en el orgasmo. En el caso de la pornografía, las escenas de excitación son breves y están siempre destinadas a desembocar en el orgasmo precedido de penetración.
- La descontextualización de las relaciones sexuales, enfocándose como agente productor de deseo únicamente al acto en sí y no a los antecedentes o situación de las personas que integran la relación. En la pornografría esto actualmente se refleja en el contenido: escenas breves donde el contexto, de aparecer, es mínimo, priorizando el acto sexual en sí. Además, contextos típicos pornográficos son contextos familiares como madre e hijo, hermanos, etc, desligando el contexto a las personas (verlas como cuerpos y no como humanos con identidad).
Otros aspectos que menciona, junto con otros muchos autores, es la falta de compañerismo, emocionalidad, complicidad y afecto que se muestra en la pornografía. Sólo se muestran cuerpos, carentes de emoción más allá del placer sexual, placer exclusivamente dado por las características físicas de las personas y el encuentro (la práctica).